sábado, 28 de marzo de 2015

Otra confesión para Berenice.

De tanto en tanto
una ilusión.
Como si se hubiera colado en la fila de espera del Inem,
como quien entra apurado sin pedir permiso y con los pelos rojos revueltos.
Y uno saluda un “cómo” mirando con sorpresa
como diciendo “¿quién carajo te llamó y por qué entrás así de golpe y con una sonrisa en rosa?”

Una noche me senté cerca de un hombre
de barbas, tatuajes, túnica y taqiyah.
Es preciso decir que estábamos en una cabaña,
que por los ventanales anclaban azul, frondas, secretos
y los nenúfares de Monet.
Era una noche de lunas, vientos y ladridos de perros.
Me recosté con mis brazos a los costados del cuerpo
escuchando la voz en círculos de Nusrat Fateh Ali Khan…
Mis recuerdos, de a uno, por mis manos,
se barajaban como naipes en caída después de haber sido castillos o pajareras.
Esa noche no hubo arañazo pasado que mi cuerpo no reconociera como propio
y lo tangible devino en transferencia a lo etéreo, a lo volátil.
Mientras el viento agitaba me sentía como dentro de una pobre embarcación
que peleaba las espumas y los tigres venidos a osos marinos.
En plena lucha me abracé a la barba más próxima,
deseando escabullirme en su túnica y cambiar mi religión.
Él tan en paz y yo tan mía.
Todavía lo recuerdo en- amorada.
Todavía me digo que podría rezar lo que hiciera falta.
Pero te confieso Berenice, él no podía ser, no pudo ser.

Sé que una noche me enamoré de unas barbas largas e imaginé compartir mi vida junto a la de él como parte de una procesión.
Un hombre pequeño al que hubiera aplastado en nuestra primera pelea de almohadas. Un hombre que mostraba sus ojos,
como si navegara las olas del mar cantando É D’oxum.



martes, 8 de julio de 2014

Confesión

A Berenice

Nunca pude escribirte sobre el mal de amores
como me pediste.
Debo confesarte querida:
Nunca salí de allí.
Llevo años intentando, años arrinconada,
empotrada entre mis cuerdas vocales,
atascada justo entre dos dientes,
allí donde entra la encía, allí donde no se respira.
De tanto en tanto alguien me ha tirado una soga y me animé a salir.
He creído que valía la pena. De tanto en tanto he vuelto a
creer.

El amor no es algo en lo que creer.
El amor es. O no.

Yo lo viví,
seguramente como vos,
digo,
lo vivimos,
y vivimos quiere decir:
nos atravesó, como vacas marcadas por hierro de fuego.
Y sólo puedo decirte mi querida Berenice;
no me arrepiento.
Si muriera mañana mismo, tan feliz me voy.
He vivido todo lo que he querido. Sé que hice bastante lío.
probablemente vos un poco menos, no menos intenso.
Si mañana me voy, me iré caminando.
Ya corrí demasiado.
Si mañana me voy, me iré riendo. Hice el amor muchísimas veces.
Hay gente que pasa la vida en pareja y no ama
o no sabe o no la amaron. Y hay quien nunca lo experimenta.
A nosotras nos pasó, nos atravesó,
y luego de eso…
Aquí estoy Berenice.
Llevo meses pensando qué escribir sobre el mal de amores,
llevo meses escribiendo y borrando.
La realidad es que no se puede escribir lo que se habita diariamente,
no se puede escribir sobre el sentimiento presente.
El mal de amores se habita,
se acomoda, se sienta cómodo,
se recuesta, se hace carne, se come, se lava,
se seca el pelo,
el mal de amores te planta tu sonrisa diaria,
esa que uno lleva al trabajo.
El mal de amores, a veces te juega una broma
y uno cree, por un instante que se fue. Pero no.
Sólo juega a las escondidas.

El mal de amores sólo existe porque existió el bien de amores.
Y doy gracias Berenice, doy gracias
porque sé lo que es. Porque amé tanto.
Porque sentí mi corazón salir de mi boca, explotar en cada palabra,
porque me comí todo el amor permitido,
doy gracias por haber sentido eso,
al menos,
una vez en mi vida.

Luca.

PD: Desearía poder escribirte otras palabras,
más esperanzadoras.
Desearía decirte que el mal de amores pasa…
Pero no estamos hablando de un tren, ni de un colectivo.
Sólo deseo que vos el día de mañana me escribas
quitándome toda la razón.

viernes, 9 de mayo de 2014

Antibes y el mar y sus pintores

Los tejados te esperan
para que los pintes
con tus pinceles de pelos rasguñados
y que les dibujes algún gato
o alguna golondrina
capaces de enamorarse o de comerse.
Te esperan los portales
con sus amantes y su sexo
y las vecinas mirándolo todo por la mirilla.
Te  esperan las mesas de La París
con sus masas y sus dulces de panna cotta.
Las señoras de labios morados sin delinear
y los mozos bebiendo moscato, escondidos
tras los espejos manchados del mil ochocientos.
Te esperan la ruta de los pintores,
la Pesca nocturna en Antibes
y otros Picasso para saborear con un Grès de Montpellier
en el castillo Grimaldi.
Te espera la costa azul con sus atriles al sol,
su aroma a Chanel Nº5
y amantes que escaparon de un viejo cuadro de Chagall. 
Te espera el candombe, el tango, el flamenco
y las sevillanas para que te tropieces
y te enamores, de alguna falda a lunares,
o de alguna media de red.
Te esperan las prostitutas de la calle Montera
con sus polleras cortas, con sus piernas abiertas,
con sus puños y sus unicornios
y sus sábanas agujereadas por cigarrillos que fuma el sueño.
Te espera la angustia de la creación
y el autobús vacío que te llevará a la Quiaca.
Te esperan los ladrillos, la cal, el cemento,
la mortadela con pan y vino tinto y el silencio de los obreros.
Te esperan los piropos en el cajón
para las chicas gordas de baja autoestima.
Te espera nuestra paz y la de los dioses
y las furias de los huracanes o de Neptuno.
Te esperan las calles de Segovia
y un cochinillo bajo el acueducto
mientras llueve en Nairobi y una jirafa pierde el rumbo en el agua.
Te esperan los amores bajo la mesa
de un casamiento inventado para un público porteño.
Te esperan unas manos entre las tuyas
y la pasión despertando en el teatro Alfil
mientras un bufón denuncia y ríe entre patos de goma.
Te espera el sexo impaciente en el baño del bar de la esquina
mientras las colegialas meriendan chocolate con churros.
Y la camilla del hospital con un muerto a deshora.
Pero si no llegas. Entonces busca.
Un agujero en los confines de tus calcetines.
O en un bulo olvidado de alguna calle de Tijuana
donde quizá te alcance una bala que lleva tu nombre.
O podrías perderte en las agujas del reloj,
en el humo del palo santo o de tus cigarrillos,
en las juntas de los mosaicos.
Busca mejor en las alcantarillas, puede que encuentres
un amor usado o descartable. Quizá hasta lo puedas reciclar
junto con viejos envases de coca cola.
Busca en tu bigote aquella vieja cana
que te recuerde tu penosa vida de pacotilla.
Esquiva los Monet del Thyssen y revuelve
entre servilletas de aquella taberna vasca que tanto frecuentas.
Busca. O no.
Revuelve la basura. Y encontrarás. O no.
Con tus cinco pesos puedes comprar una sonrisa de liquidación
para que te devuelva el espejo.
Y fíjate cómo. Cómo se hace para vivir con la mirada extraviada.
Las manos enguantadas.
Fíjate cómo el día. La noche. Las luces de Nueva York.
Los perros salchicha, los puestos de choripán a la salida del estadio
o de los bailes.
Fíjate cómo un cabello rozando las mejillas de aquella mujer,
aquella mujer extranjera que espera el colectivo.
Fíjate en el sillón del abuelo hamacando al nieto.
Fíjate montañas rusas ahogadas en gritos histéricos.
Y las langostas muriendo para ser plato de rico empresario.
Fíjate los fideos con pesto y manteca y la vecina gritándole a su marido.
Fíjate Florencia y su hermosura. Las palabras de Castelucho,
su parada de rocker a lo Charly García.
La mirada de Juan. La canción de fondo.
El fondo de nuestras palabras. Esas que no decimos.
El fondo de nuestras ideas. Esas que no leemos.
Fíjate cómo te enamoras. Fíjate las ideas.
O déjalas ir. Fíjalas con poxirrán. O échalas al mar.
Que se las lleven las olas, las sirenas de tedioso cantar.
Los peces atontados y sin memoria. Déjalas ahí.
Que las matará la sal.

martes, 6 de mayo de 2014

El miedo

Tiene ojos de oveja lanuda que te mira desde el cerco,
desde los leños bajo el fuego allí
donde la música cae lentamente como una partitura suicida
que se arroja desde el Palau de la Música.
Allí donde una baldosa se quiebra por primera vez y
donde pasan los pétalos al vuelo que una flor dormida dejó escapar.
Tiene alfombras que sobrevuelan mares,
que revuelan y revuelven espumas violentas,
violetas
viscosas.

Allí, donde el tacto es un halo de humo,
donde un sueño se pierde,
donde una pesadilla en extinción se realiza
y mi mano dibuja su ir, se detiene,
gira y dobla, quiere y cae,
mi boca dice y no dice
lo que quieren que diga y no diga,
y las declaraciones de amor
rezan una escapatoria posible.

Allí los besos mueren entre el sol y la luna
en una vieja calzada que atraviesa tumbas y fuegos
en Teotihuacán, donde el hombre se eleva y se convierte en Dios.
Donde se pierden con esos viejos, Johnnie Walker,
que una vez, que una vez…

Allí uno recuerda sus viejas peleas mareadas a las cuatro de la mañana,
en la calle Fuencarral, allí me detengo y abrazo a Daniele,
entre las sombras de mis sombras, abrazo,
hasta que trastabillo caracoles, algas y una serpiente emplumada.

Tiene lo que tiene: el amor en ronda, el arroz con leche,
la calesita, el juego de la batata, los caballos escapando del corral,
el lamento de un gallo a vistas del cuchillo, las niñas andando en patines,
los chismes del amor, el recreo de la vida,
el reto de la maestra, la vez aquella, la vez aquella…

Tiene la ruleta rusa, el tiro en la sien,
el infinito estrellado, la verdad en estampa.

Allí donde sólo te queda extender el brazo,
donde sólo te resta extender el brazo,
donde no podés y podés extender el brazo
y sujetar una soga, la soga, esa soga,
que te saque del pantano,
que te reviva de la muerte.

Y es allí, entonces, donde frena,
mira con sus ojos negros,
decide y cobra impulso,
allí, donde con soltura, con despojo,
con altanería te dice:
No va más”.

jueves, 3 de abril de 2014

Áurea



A Florencia
Hagamos una película
con un puerto en una esquina y una choza en la otra.
El mar, la mesa con las frutas, el mate, el canasto,
y nosotras con faldas de colores y rodetes con margaritas amarillas,
la música de Paloma del Cerro,
mis manos tejiendo el cuento que todo lo cura,
tus lágrimas secándose al sol
y la Gran Vía pasa y nos despista.

Si, que nos despiste y ¡olé!

La luna pestañeando palmeras y polvo, proveniente del sur,
nos borra los ojos entonces…
¡Iremos al baño echas serpientes de cascabeles al ritmo de la música,
mientras digerimos un chamán y nos tragamos su angustia
junto a todos sus espíritus!
… Cualquier noche de esas, el viento viene a buscarnos
mientras caminamos por Camboya con pies desnudos,
entre tanto sacamos fotos a la lluvia, a los dioses petrificados,
a las risas dientuditas sin sonido, a los gorros de paja,
al calor de monos en bicicletas y mantras intravenosos.
Cualquier noche de estas filmaremos descalzas
donde caen los cristales,
con los pies pintados de rosas y violetas
donde todo se reordena, se separa y se pierde.
Se pierde, arde, enciende, vuela
y viene el sereno interrumpiéndolo todo,
marcando con su bastón los pasos de la guerra civil.
… Me cuenta de Franco con una sonrisa y una nostalgia,
yo le hablo de dictaduras y no nos ponemos de acuerdo.
Perdón, te decía:
cualquier noche de estas haremos una película
vos allá y yo bailando el ritmo de los dioses.
Hablo de esos que bailan rumbas y tangos y alguna que otra samba
taka tá, taka tá, taka tá,
suena el cavaquinho, el pandero
en medio del humo, del fuego, de las madres,
de los niños perdidos, de los amores que fueron,
las búsquedas, la desesperanza, las ilusiones,
las adicciones, los dolores de ovarios, de la sexualidad aguardando
que vengan cuarenta ladrones y Alí Babá
pronunciando las palabras “Abrete Sésamo”.
Que arda, se queme, que viva, renazca,
que venga Casim buscando el tesoro,
que vengan las Morgianas con sus danzas
y con sus dagas clavadas directo al corazón,
que vengan allá, aquí, a Samarra, a Bagdad,
donde los colores, el baile, la vida.
… Y que nos encuentre.


sábado, 25 de enero de 2014

El Viaje. Parte III



En Camboya las motos se alquilan con conductor, un turista no puede alquilar una moto y conducirla. Por este detalle es que Tim había descartado el plan de alquilar una, no le convencía la idea de ir sentado detrás, en una moto pequeña siendo él tan patilargo. Pero yo dije “Come on! It’s going to be a great adventure!”.
Y no me confundí en absoluto. 
Tim. Parque Nacional Phnom Kulen. Antes de la lluvia.

A las siete de la mañana me pasaron a buscar. Por suerte para Tim su moto era más grande que la mía, la de él de 135cc y la mía de 125cc. Y su conductor hablaba inglés a diferencia del mío con el cual sólo nos comunicamos mediante sonrisas. Entonces salimos hacia el Parque Nacional Phnom Kulen que está como a 40Km de Siem Reap. Probablemente en coche se tarden unos cincuenta minutos. Nosotros tardamos tres horas y media. Fueron dos horas por una carretera hasta que llega a su fin poco antes de la entrada del parque. El resto del camino es ascendente y ahí es donde comenzó la mayor aventura ya que se largó a llover furiosamente.
Templo Preah Ang Thom
Antes de llegar a las cataratas, paramos en Preah Ang Thom, el Dios de la Montaña. Es un lugar con una energía diferente, como si no perteneciese a esta tierra. Al templo se sube descalzo, y está encima de una roca que es menor a la base del templo. Una vez que subes allí te encuentras con un Buda recostado de ocho metros de largo y muchos Budas más pequeños alrededor, flores de loto, canastos y cuencos donde la gente deja sus ofrendas. El templo Preah Ang Thom se contruyó con el fin de salvaguardar a este Buda.
De ahí nos fuimos a las cataratas. Al llegar nos bajamos de la moto ya que había un camino corto, lleno de piedras y barro. En ese barro se hundió mi moto. Entre los dos conductores la sacaron después de mucho esfuerzo. Ellos con pantalón de vestir, camisa blanca y zapatos negros bien lustrados; metidos en el lodo. Como si fueran sueños de Nueva York embarrándose en Camboya.
Las cataratas Kulen son increíbles. Luego de filmar, sacar muchas fotos, tomarnos un coco y caminar por las pasarelas hasta quedar empapados y embarradísimos decidimos seguir nuestro rumbo.
Queríamos comer algo, teníamos hambre. Nuestro “guía” nos dijo que en poco más de una hora llegaríamos al templo Beng Mealea1 y ahí podríamos comer algo. Hacia allí íbamos, las dos motos bajando por la montaña y disfrutando de esa travesía ahora ya sin lluvia.


Este era nuestro último día en Camboya, al otro día Tim se iba para Laos y yo para Bangkok. Pensaba que no podía ser todo tan mágico pero me equivoqué. A veces la buena suerte me viene a visitar y la moto en la que iba pinchó. “My driver” se fue con la moto para hacer un parche provisorio. Decidimos seguir camino y encontrarnos en el templo Beng Mealea. Así que me subí a la otra moto, sentada detrás de Tim, que iba detrás de su “driver”. Y fue el viaje más romántico que he vivido en todas las vacaciones. No, en todo el mes. Mmm.. no, en todo el año. En toda mi vida.
Buda recostado templo Preah Ang Thom
Llegamos al templo pero primero fuimos a comer. La comida hervía en unas ollas grandes, el piso de barro, el calor abrigando, el barro hecho piel. Fui al baño. Como en casi todo Camboya, los mingitorios están fuera de los baños y los hombres occidentales orinan avergonzados. Había tres puertas, tres letrinas. Entré a una, salí. Entré a otra, salí. Entré a la última salí. No pude. Tantas lagartijas, arañas, las letrinas, la mugre. Me superó. Lo confieso. En mi imaginario yo iba a hacer pis en la letrina mientras una serpiente saldría de ese agujero y una lagartija me caería en la cabeza y así me iría por la letrina para nunca más volver.
Volví a comer. Pero debo hacer mi segunda confesión: apenas pude comer tres bocados. No había agua por allí y acababa de ir a los baños y mis pensamientos me revolvieron el estómago. Pese a eso, comí un poco porque tenía mucha hambre. Mientras Tim almorzaba yo me entretenía regalando caramelos a los nenes de por allí. Y un nenito muy pequeño vino a buscar uno. Sólo llevaba puesta la parte de arriba del pijama. Le di un palito de la selva y se lo metió en la boca. Con papel y todo ¡qué angustia sentí! Se lo quise quitar de la boca pero nada, el nene se aferraba a la golosina. Le dije a los que andaban por ahí, pero ni caso me hicieron. Le ofrecí otro caramelo, pero esta vez le enseñé a quitarle el papel mientras él tiraba del caramelo con fuerza. Qué nene más hermoso. Él se comía el caramelo, yo me lo quería comer a él… 
Luego fuimos al templo. Bellísimo. Probablemente el mejor de todos los templos. Hay que estar atento porque dicen que hay muchas serpientes y víboras, aunque no he visto ninguna.
Mientras tanto con Tim seguíamos hablando como siempre, contándonos la vida. Y era tan fantástico. Me sentía dentro de una película: allí en Asia, sola, tan lejos de mi país, visitando un templo del siglo XII, hablando con Tim de Portland. ¿Qué me había llevado a mí a organizar este viaje? “Podría quedarme a vivir en Camboya”, eso pensaba mientras caminaba por allí. Eso pienso hoy mientras aporreo teclas aquí en mi habitación, en un rincón de la ciudad de La Plata, en un rincón en el culo del mundo. Suspiraba de felicidad. Más feliz no podría haber sido, si la felicidad se repartiera entre todos, ese día a mí me llenaron el plato.
Templo Beng Mealea
Cuando volvíamos del templo, mi moto estaba reparada. Para los dos fue una gran decepción pero quedamos en cenar juntos. Como estábamos en diferentes hoteles decidimos volver por separado. Gran error. “My driver” se perdió pero como no hablaba ni papa de inglés no pudimos comunicarnos. Así que cada vez mi angustia era mayor. No era momento para perderse, había quedado para cenar con Tim y era la última noche. Yo lo veía ir despacio, parar en un rancho, preguntar, girar, dar vueltas. La ruta es caótica y cuando se hizo de noche la oscuridad fue absoluta. Luego de dos horas de viaje, empezó a llover otra vez pero ya estaba harta de la lluvia, quería llegar, arreglarme y salir. Era mi última noche en Camboya. Entonces cuando parecía que nada podía ir peor, pinchamos. Oscuridad, lluvia, cena, Tim, pinchazo. Me harté, así que bajé de la moto y le dije que lo veía en el hotel y corrí. Corrí, corrí y corrí. Por esa carretera hundida en la oscuridad, con las luces de las motos y de las furgonetas. Corrí como Forest Gump hasta que empecé a ver luces y encontré un tuk tuk que me llevó al hotel. Lavé ropa, hice mi valija, me bañé, me arreglé lo mejor que pude y tarde, muy tarde, salí a cenar con Tim.
Tim, yo & Nic.
Justo nos encontramos con un amigo de él, un chico inglés llamado Nic. Ellos habían llegado a Siem Reap en el mismo avión. Se hicieron amigos. Así que cenamos los tres, hablamos y nos reímos muchísimo. Le contamos a Nic todas nuestras aventuras del día. Nos tomamos todas las cervezas Tigger o Angkor -no recuerdo- hasta que se levantó una tormenta terrible y el bar decidió cerrar. De todas maneras, ya me tenía que ir. Siem Reap llegaba a su fin. El tuk tuk estaba a punto de convertirse en zapallo y yo perdería una de mis sandalias esperando que algún día Tim apareciera por Argentina.
Nos despedimos con un beso en el tuk tuk, en la puerta de su hotel, bajo una lluvia torrencial. Lo besé y besé Camboya, Siem Reap, los templos de Angkor Wat, la vegetación tan verde, el barro, la pobreza, la humildad, las sonrisas dulces de palitos de la selva. Lo besé camino a Oregon, a Portland. Lo besé paseando por Buenos Aires. Lo besé hasta la realidad. Él se bajó mirándome a los ojos. Yo me quedé colgada del carrito de mierda ese, bajo la maldita lluvia, maldiciendo las lagartijas, el calor, el barro, las cervezas, el amor. Y me fui a dormir media hora, la última media hora en Siem Reap. Antes que me pase a buscar la combi que me llevaría a Bangkok. Me fui a dormir la vida, más viva que nunca, a soñar realidades porque mi realidad ya era un sueño. La media hora más enamorada y más rabiosa que dormí jamás.



Entrada Templo Preah Ang Thom



Beng Mealea1: Las ruinas de este templo se hallan alejadas del parque arqueológico de Angkor, unos 50 km al este, a medio camino entre la ciudad muerta de Angkor Thom y el gran templo de Preah Khan, en el centro de Camboya.

Construido por mandato de Suryavarman II, presenta características muy similares a la arquitectura de Angkor Wat, aunque, a diferencia de este santuario, se hallan distribuidas en un solo nivel horizontal.

Se trata de uno de los templos de Camboya que más ha sufrido la acción invasora de la jungla. Sus ruinas están prácticamente sin tocar, en un caótico estado donde a los amontonamientos de sillares y cascotes, que hacen casi imposible la circulación por su interior, hay que añadir la espesa maraña de vegetación que todo lo cubre, y que hace muy difícil la identificación e interpretación de los distintos componentes del edificio. El visitante se pierde por un laberinto de patios y de oscuros corredores semi obstruidos por escombros y atenazados por las raíces de los ficus, que estrangulan con sus tentáculos los muros, bóvedas, dinteles de las puertas y celosías de las ventanas.

El templo estaba resguardado por un foso, hoy casi seco, de 1.200 x 900 m de longitud.